El país figura entre los que más usan dinero físico por desconfianza, informalidad y miedo a la fiscalización.
México ocupa una de las posiciones más altas del mundo en proporción de transacciones realizadas en efectivo, con cerca de 80% de las operaciones cotidianas efectuadas con billetes y monedas, una cifra comparable con economías como Irak, que tienen sistemas financieros altamente dependientes del dinero físico. Este fenómeno se repite pese a la disponibilidad de pagos digitales y tarjetas, de acuerdo con reportes de El Universal.
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El uso predominante de efectivo se explica por varios factores estructurales: la informalidad económica, la desconfianza en alternativas electrónicas, y el miedo a la fiscalización entre ciudadanos y pequeños comerciantes. Muchos usuarios prefieren pagar en efectivo para evitar registros tributarios o complicaciones con las autoridades fiscales, situación que perpetúa la preferencia por el dinero físico.
El fenómeno del efectivo no es exclusivo de México, pero llama la atención su magnitud en comparación con otras economías emergentes donde el uso de tarjetas y pagos electrónicos ha crecido de manera más acelerada. Estudios especializados señalan que, aunque las herramientas de pago digitales —como billeteras móviles, transferencias y point-of-sale electrónicos— han ganado terreno, alrededor de la mitad de los hogares mexicanos aún no tiene acceso a una cuenta bancaria o instrumentos de pago electrónico, guiando su participación hacia una economía mayoritariamente en efectivo.
Este nivel de dependencia del efectivo tiene implicaciones económicas amplias. Por un lado, limita la formalización de la economía, reduce la capacidad de supervisión fiscal y complica la inclusión financiera de amplios segmentos de la población. Por otro, representa un desafío tecnológico y regulatorio para el sector financiero y las autoridades, que buscan mecanismos capaces de integrar a más usuarios al sistema de pagos digitales sin sacrificar seguridad ni accesibilidad.
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Organismos internacionales y bancos centrales han advertido que una elevada proporción de operaciones en efectivo puede reducir la eficiencia del mercado, frenar la adopción de nuevos métodos de pago y mantener altas tasas de informalidad. En respuesta, se han promovido iniciativas públicas y privadas para impulsar la educación financiera, expandir la infraestructura digital y facilitar la transición hacia medios electrónicos, aunque el ritmo de adopción aún enfrenta barreras socioeconómicas y culturales.
